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domingo, 9 de agosto de 2009

Ejercicio N° 44 sujeto a modificación o

Un sueño escrito como un sueño
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En un paisaje indeterminado un amigo, cuyo nombre no daré para resguardar su integridad, tomaba mi bicicleta. A qué se dedica usted señor? Soy músico. Elevaba yo un cometa en ese instante. Lo dejé y salí tras él -en realidad tras mi bicicleta- enfurecido. Entiendo ¿Puedo hacerle una pregunta pero sin que ésta le ofenda? Claro. Luego noto que es imposible seguirlo y me detengo frente al costado de un automóvil de los años setenta -la realidad del sueño no es la realidad de la imaginación- y entonces intento concentrar la furia que siento en mis manos. ¿Cree usted que el desarrollo de la música negra deba ser catalogada como lo hacen con el resto de las músicas? Levanta sus brazos hacia el cielo con las manos extendidas gritando como un cerdo antes de ser asesinado. Mientras tanto el individuo se alejaba hacia un tipo en una camioneta muy grande que parecía ocupar sólo él. Baja los codos. Flecta los brazos a la altura de la cadera; la carga se concentra en el abdomen y apunta a través del automóvil extendiendo sus brazos con la impronta de un zombi. Me dio la impresión de que no agarró las últimas seis palabras. Suelta un gran rugido ¡¡Arrrrrrrrrgggggg!! traspasando con este gesto y la imaginación el vehículo a través de sus ventanas laterales traseras abiertas. Y tras todo este espectáculo insípido se oía un concierto de música hip-hop perdido en las inmediaciones de las poblaciones en medio del crepúsculo.

miércoles, 8 de abril de 2009

Ejercicio N.10

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Se paseaba por la habitación pequeña, como su esperanza de lo eterno, con un traje de hombre rana.No era una extrañeza para quienes le conocían y veían en ello una curiosa puesta en escena, ya que, cuando no era de hombre rana, era de tortuga, o ,las más de las veces, caracol. Cuando ello no era así y se hallaba en la más extrema soledad, se desnudaba del cuello a la cintura ocupando en su rostro unos anteojos de marco metálico de un diseño al más puro estilo rey del rock. Pero todo ello no era lo extraño. Lo más extraño en su habitual conducta de poseso, era que, cada vez que le asaltaba una gran pena -que las tenía muchas- era el hecho de que tomaba un pinza, de esas que utilizan las chicas para afinar sus cejas, se iba frente al espejo oval y, con su mano derecha, levantado el brazo izquierdo de manera que su zobaco quedara expuesto, se arrancaba con la brutalidad y rapidez de un obseso, un pelo, cuidadosamente designado por su sabia e inexorable intuición. Una vez realizada la operación se rascaba la espalda con una aspiradora y luego de tomar un café bien cargado se iba al patio trasero a contemplar a los gatos que en la medida en que avanzaba la noche los veía tranformarse en pequeños energúmenos fluorescentes. Esperaba que se acercaran para tomarlos por sorpresa, ya que estaba convencido de que le robaban sus medicamentos.